martes, 8 de octubre de 2013

Esperando a los bárbaros.

Me acerco a la ventana. Acaricio el cristal con la mano. Hoy la ventana no es de entrar y salir aunque tiene un hueco abierto y siguen las escaleras puestas. Aunque tengo la certeza de que al lado del río del este donde sale el sol te has parado a pensarme. Hoy la ventana es de mirar desde dentro. De pararse a descansar. De tomar el sol. De llorar si es preciso.

En la habitación, Martha Wainwright canta una y otra vez su elegía ‘Proserpina’. Ven a casa con tu madre. Pero el niño de la portada de ‘Esperando a los bárbaros’ sigue corriendo en la nube de polvo que levanta el desierto en su juego de viejo. Con los pies descalzos y la cabeza rapada es un niño del tiempo. Una cometa dentro de mi aparador de libros esenciales. Mirando de frente, asomado al cristal de mi piel. Yo también tengo el pelo malo. Junto al giralunas de plata. Junto a la harina de las manos tristes que arrastran el carro del pan. Junto a las paredes encaladas de la casa de la estirpe condenada. Junto al paso lento del elefante en su viaje. Junto a los poemas de Cavafis.

Proserpina. Ven a casa con tu madre ahora. Mientras amaina la tormenta. Hasta que podamos abrir estas ventanas de par en par.

Pero el niño sigue corriendo.

A veces pienso que huye para protegerse. En un lugar en la frontera que yo también habito. Otras pienso que solo vuelve. De explorar, de vivir este maravilloso desierto donde habitamos los bárbaros. Los nómadas. Los navegantes de agua pero también de las arenas. Los habitantes de Babel.

Frente a la ventana siento los pies y sus pasos. Estoy viva. Y se arranca a venir la lluvia para que nos lavemos la cara y el cuello a dos manos. Niño, te digo, soy la nueva Blimunda, la que ve todas las corazas. Las nuestras y las de quienes nos llaman bárbaros. Las de quienes creen solo su verdad y nos quieren arrancar la lengua y coser los párpados.

Y el niño que aún no sabe del mundo, más allá de su cuartilla de papel, se acerca y me da un abrazo hermoso. Confiado. Y yo que ya bebí de la sed muchas veces, sé que tras esta lluvia vendrá de nuevo el polvo y el hambre. Un nuevo naufragio de hombres. Proserpina. Ven a casa con tu madre.

Proserpina. Sin remedio. Siempre corriendo. Siempre viviendo en la frontera de los dos mundos. Donde levantas tu colección de ventanas. Donde plantas olivos. Donde enciendes faroles para mirar lo que ocurre en los graneros de Lampedusa. Donde atraviesas puentes. Donde comercias con los bárbaros.

1 comentario:


  1. No podía dejar el otro comentario , tan real .....

    Alma, a quien todo un Dios prisión ha sido,
    Venas, que humor a tanto fuego han dado,
    Médulas, que han gloriosamente ardido,

    Su cuerpo dejará, no su cuidado;
    Serán ceniza, mas tendrá sentido;
    Polvo serán, mas polvo enamorado.

    Francisco de Quevedo

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