jueves, 22 de octubre de 2015

Estación de paso

El niño-gato rompió esta mañana el asa de la taza vacía del café de hoy.

Tengo una colección viva de tazas sin asa que intento no ponerle a las visitas.

Desayuno escuchando a Bob Dylan, cabeceando al ritmo de los pies que descuentan las letras de las canciones. Me hablo para dentro y pienso en el peso que se me amontona en los huesos y que me configura una frontera de Babel propia. Me invade el ruido estridente del bulbo raquídeo en el cuello. Su desajuste expandiéndose por la espalda. Por los hombros, por la columna hacia abajo, como una maraña blanca, pegajosa. Sin azúcar ni color rosa de feria.

Desayuno tostadas con aceite y chocolate negro. Como todos los días. Chocolate negro. Pelo mojado. Sonrío al amanecer que se cuela ya por la ventana y me recreo en bailar sentada. En lo confortable de sentir los pies descalzos dentro de los calcetines.

Ayer me enviaste una foto: ‘En el tren volviendo al sur’.

Voy a saltar al cielo de tu foto desde el tren. Como la señora Vértigo.

‘¡Bienvenida al cielo, señora Vértigo! Parece que en el salto se le ha caído el miedo. Acompáñeme’.

Me alargas la mano y yo te acerco la mía. Sonrío. No me acuerdo de que eres un hombre-faro y que quizá aún no levantaste tus amarres para convertirte en barco. No me acuerdo de que me paso el día tras la barra de la taberna del puerto, poniendo copas a hombres-naufragio. Con las manos de paño húmedo. Con los talones agrietados. No me acuerdo de nada porque esta mañana estoy soñando y me he escapado del personaje del cuadro de Hopper.

En el tren volviendo al sur.

Giro. Giro. Giro.

Y en la orilla me encuentro al gaviero. '¿Gaviero de gaviota?' Podría ser. Y pienso en Alberti y en la espuma de las olas.

Giro. Giro. Giro.

Esta mañana tengo ganas de besar. De recrearme en la saliva. De tumbarme en la arena sintiendo en la espalda la superficie del mundo.

'Buen día, bella'.

Me miro al espejo y con compasión destierro las cordilleras de defectos. Con los brazos a los lados del cuerpo. El vientre redondo. Los muslos aglomerados en frenada súbita. No salen los pies en el espejo pero yo me los miro. Me miro el culo. Hola, desconocido. Me miro la cara atravesada de orillas. El surco derecho que me recorre la mejilla. Una cárcava de vida abierta. Sí, creo que soy bella, gaviero.

Buen día, sur.

Acompáñeme al cielo.

Sonrío la maravillosa tontería de soñar con la que amanecí esta mañana. No necesito puentes. Porque salto. No necesito trenes. Porque todas las estaciones son de paso. De salto. De rayuela.

En el tren volviendo al sur.

Miro la fotografía del faro con luz de la pared. Sigue ahí. Es de ladrillo. Con escaleras de subir y bajar. No es un hombre anclado. Que no son gigantes, sino molinos.

En el tren volviendo al sur. Los hilos que corren a lo largo de la vía.

Creo que emprendí el viaje de vuelta a Ítaca.

'¿Qué era esa otra cosa que no te podías permitir?' La desnudez.

Mientras reímos desnudos en la casa de los cuatro vientos. Rodeados de arena y rosas amarillas.

En el tren volviendo al sur. Sonrío el juego. Bailando la música de Dylan. Cabeceando. Regustándome en el café de taza sin asa que rompió el niño-gato que tiene dos orejas y rabo y araña sin telas en la espalda desde el cuello a la cintura.

Giro. Giro. Giro.

Bienvenida, espuma. Bienvenida, emoción.


martes, 1 de septiembre de 2015

Cuando deje de llover

Mi maleta empezó en una casa con el suelo pintado de rojo carruaje que yo barría y fregaba a diario y que mi madre pintaba una vez al año. En la que había cuartos sin puertas y con cortinas. 

Cierro los ojos y puedo sentir el tacto de la cortina del cuarto de la calle, la de los gatos. También teníamos una cámara de los gatos. No me hace falta cerrarlos para ver el estampado de la tela, con flores simétricas amarillas. Aquello no eran flores. Eran círculos. A mí no me gustaban las cortinas con círculos, ni lo que había detrás. Ni como olía detrás. Más profundo y oscuro que su propio espacio. Con gatos callejeros que me miraban a los ojos.

A mí me daban miedo los gatos. Y luego me dieron miedo los pájaros muertos que mi padre había cazado con las costillas y que mi hermano sacaba de su talego y que para hacerme rabiar me echaba a la cara. Yo corría aterrada por la casa. Invisible. Muda.

Mi madre me enviaba al final del corral a desplumar a los pájaros muertos. Yo no quería hacerlo pero eso no importaba. Aún siento en los dedos el sonido de las plumas arrancadas. Como se estira la piel del pájaro. Porque bajo las plumas hay piel.

Me sentaba en una silla con un delantal a la cintura, mientras que las plumas volaban y se me metían en la boca y se me quedaban pegadas en los dedos. Las plumas arrancadas de la piel muerta.

Cuando salía el sol también me encargaba de coger las alúas que eran el cebo de las costillas de los pájaros. 'Hoy tu padre ha traído un zorzal'. Las metíamos en un frasco de cristal que tenía la tapa agujereada para que las alúas pudieran respirar.

Luego prohibieron poner costillas. Estaba prohibido y la guardia civil que vestía de verde guardiacivil, tan rojo como el rojo carruaje del suelo, perseguía a los jornaleros y les registraba los bolsos de la comida. Era muy peligroso. Cenar pajaritos con ajos fritos, comer, se había vuelto clandestino. Al menos mi hermano no me perseguiría con un pájaro muerto en la mano. 'Uh, uh, … un pájaro muerto'. Y me rozaba la cara con las plumas del pájaro que ya no podía sostener la cabeza, que le caía a un lado y a otro del cuello roto. La cabeza colgante con ojos y pico, con plumas, en la cara. Las patas en la cara. Porque a los pájaros se les rompía el cuello con las costillas. Y la cabeza se les quedaba colgando.

Mi maleta empezó en mi casa.

Caracol, col, col, saca los cuernos al sol. Cuando deje de llover. 

A cuestas.



(Cuando deje de llover es el título de una obra escrita por Andrew Bovell).

miércoles, 5 de agosto de 2015

La trapecista de besos

Estoy sentada en la entrada del puesto fronterizo, esperando que abran las puertas. Me suspendo en el silencio calmo instalado por dentro, amarrado a los huesos de los hombros. Desde aquí vuelo el viento mientras sigo el balanceo de las hojas del árbol que me cobija del árido desierto, el deambular de los guardias de acecho.

Tengo hambre de mañana. Saco de la cesta unas almendras. Sonrío las que se deshacen amargas. Aparto algunos trozos con la lengua y las planto detrás de los dientes. He improvisado un invernadero de amores en los tiempos del cólera. ‘Tus casas siempre están llenas de árboles’, dijiste. Aún queda algo de café. Me recreo en el gesto de coger la taza con las manos. Como un abrazo estrecho. Y me lo llevo a la misma boca de la lengua y los dientes y la saliva y los almendros.

Anoche llegó otro viajero. Se agitó en el sueño. Está ensimismado en su urgencia. Si no abren pronto, se resquebrajará en sus grietas y se perderá en ellas.

Una alondra común que sobrevive a lo improbable, ha venido a posarse en una de las ramas y canta. ‘¡En verdad que el mundo debería pertenecer a los cantantes y a los bailarines!’. A los intrépidos que transitan los imperios sin esperar tras las puertas.

Me cubro la cabeza cerrando los ojos y vuelvo adentro. Barro la cueva de paredes encaladas del estómago. Repaso las repisas de las tripas y ordeno los libros. Ahueco las caderas recorridas por arroyos. Doloridas. Me siento a anudar los besos con los que hago todas las cuerdas. De escalar, de descender, de hacer piruetas. No son redes ni telas de araña. Solo agua trenzada en la que luego me muevo. Sudor. De vez en cuando intercalo un pañuelo blanco. Me gusta el blanco, la cal, la nieve. Conforma palabras y sueños, la infancia. Lugares de descanso en la altura en que me mezo. Con sombra azul.

Se mueven los cerrojos y se muestran los cancerberos del templo del orden. El hombre corre sin percatarse de que en su urgencia ha olvidado la voz en el suelo. Pienso si acaso no es ya el momento de entrar en la ciudad. Los días y las noches pasan y cada día como menos. Parte del tiempo mastico el aire de pajarera de flores. Al amanecer ya no es suficiente con quitarme y descansar un rato el esqueleto. Empiezan a dolerme los huesos de la cara y echo en falta los mordiscos que me los cuidan. Cuando dormito vuelven los fantasmas con los que me acuesto y que me penetran. En el vaivén de los barcos.
Quizá sea hoy que tenga que atravesar la frontera.

Está bien. Me levanto. Me sacudo el miedo a mostrarme. Me peino el pelo con los dedos. Agarro el hatillo de trapo, la voz olvidada, la labor hecha. Todo en orden. Sigo desnuda, estoy descalza. Me cubro los hombros. Todo está bien. Tu falta me sigue humedeciendo los ojos. Me despido del cobijo del árbol-faro. Salto en cada paso al paradiso del trapecio escalado en la cuerda de tus besos. Me cuelgo de manos y pies. La sombra se alarga tras de mí. Me vuelvo a los míos, a los bárbaros que escriben con los dedos y que no pretenden salvarse en la civilización del hombre. Después de esperar me doy cuenta de que no tengo nada que hacer entre los muros con puertas de la ciudad levantada.

Me vuelvo a los bárbaros a los que pertenezco.

Mientras me adentro en el desierto, nacen nubes que llueven y crecen las dunas al lado de la playa. Todo es arena. Me vuelven las escamas brillantes de caminante de orillas.

Mientras me alejo y me crece la sombra, se despliega el patio y el huerto en sus higueras, la mesa del comedor donde me esperan los hermanos y los amigos. Abierto a pie de mar. Los fantasmas corren alegres. Como si fueran perros.

Besos. Quiero más besos.


lunes, 20 de abril de 2015

Estrenando años

Hoy Paula salió a la calle
con sus recién quince años.
Estrenados de ayer. 
Atravesando pasos,
cruzando puentes,
buscando sus propios faros.
Pasan los años y yo la miro
desde la acera de este lado de la vida
donde un día me nació.
Desde donde ella ya va y viene.



lunes, 13 de abril de 2015

El desencuentro

Por la calle somos el desencuentro de los años, de lo vivido. Tú tan joven, yo mucho menos. Miro a mi alrededor y solo veo chicas preciosas. Quiero gritarte que busques a una, pero no me sale. Parados delante de un escaparate de comida china, alrededor de un bote de leche de coco me has preguntado qué tipo de cocina prefiero. Te he contestado con un 'aquella que me haga cerrar los ojos'. Te has quejado de mi ambigüedad y me has dado un beso en la mejilla. Yo he concentrado toda mi piel, todas mis vísceras en los centímetros cuadrados que conforman tus labios en mi cara. Como una persiana de cuerda que va desde la vagina hasta el ombligo, subo y bajo una y otra vez el beso. Me alimento los párpados. Sin importarme que se gaste. El desencuentro.



viernes, 27 de febrero de 2015

El otro pie de la sirena

Al despertar ‘lo primero que hacía era escupir polvaredas, hierbajos y espinos. Llevaba pegados a los labios los deshechos de todo el planeta’. Con el pie torcido de la pierna torcida y raquítica, con el hueso seco, Paulina hacía un pequeño hoyo en la tierra y los cubría. Se limpiaba la boca agria con el envés de la mano. El patio poco a poco se había convertido en un vergel de cactus y crasas del mundo. Sin lluvia. Por los muros trepaban y crecían, persistentes, alambradas con cuchillas. Sin viento.

Con un poco de agua en una palangana desconchada, se lavaba la cara y el cuello. Detrás de las orejas, las axilas. Poca agua para un cuerpo sediento, para una pierna a rastras. En el pasillo, las fotografías de los ausentes apenas lloraban lo suficiente para mojar unos labios. Poco a poco, habían ido apagándose las velas, borrándose los caminos de la memoria que los traían de vuelta a la emoción.

Los perros esperan en la puerta abierta. Si acaso saludan, lo hacen sin sonidos. Con pan duro.

Frente al espejo enmohecido de puntos, se anuda un pañuelo a la cabeza, la falda a la cintura. Los pechos empiezan a caérsele a este lado de la imagen que no cabe en el reflejo. Coge el bulto de cachivaches de alambre retorcido, y con el mismo paso, lleno de barricadas, se encamina al mercado donde los vende como fetiches contra las tormentas de miedo. Para enterrarlos delante de las casas.

Se descalza las alpargatas.

- ¿De qué están hechos, Paulina?
- Escupí restos de un naufragio.
- El mar está muy lejos, Paulina. Aquí no llegan los barcos.
- Yo solo conozco el mar del cielo.
- Y cómo es que nadas en él encontrando hundimientos para tragártelos con esa pierna tuya tullida.
- Solo tengo que pensarlos con los ojos abiertos.

Paulina se pone el almuerzo en el regazo, la pierna lisiada a un lado. Se lleva un bocado a la boca. Durante la mañana ha ido recogiendo las espinas y la bilis de los que van pasando para luego comerlas. La leche cortada de las madres. El cansancio. Los amasa. Los mastica despacio para volver a crecer su jardín de plantas y alambreras contra los temores al día siguiente. De noche su cuerpo es un lavadero de miserias.

El trabajo interminable. Los dedos de los pies en la tierra. Las zapatillas bailando en las olas desatadas del pueblo.

De vuelta agranda como todos los días, imperceptible, con el pie malo, el camino que bordea el precipicio del desierto del mundo. Para que no se la trague. Se para quieta en el filo, apoyada con firmeza en la pierna buena. La que solo anda. Con vértigo en el pecho. Aspira el aire. Vuela el espacio de las mujeres sirena.

- ¿De qué están hechos, Paulina?
- Se cayó otra estrella.
          
                                               

Como en el libro: se cayó una estrella.
                           




lunes, 12 de enero de 2015

Hope Ibrahim

Cuando nací mi madre me llamó Hope y así parió conmigo, en carne y hueso, toda la esperanza amarga que había estado creciendo en sus ojos. Apretó los dientes y sin quererlo me volvió de sal.

Mi abuela con sus brazos de piel larga, me lavó y me colocó al cielo, hasta que me volví tan negra como una noche de luna escondida. Con una raíz desenterrada me peinó el pelo, formando un océano de olas revueltas. Sonrió en algún lugar perdido de su cara y escupió en mi frente, queriendo salvarme de la dura carga de nacer con los sueños de otros.

Me gustaba pisar la tierra descalza. Corría y corría con un vestido blanco de pequeñas flores bordadas. Los rizos al aire. Los dientes al viento. Con una voz escapista de las cosas del mundo.

Me gustaba limpiarme la cara con las manos y luego las manos en el vestido blanco. De arriba a abajo. Como si encalase una pared. Jugando a esconder los colores de las flores.

Mi madre siempre con su cuello alerta, me sacudía agarrándome de un brazo. Hope sucia. Esperanza sucia. Es tu único vestido. Yo estoy demasiado cansada, tendrás que lavarlo tú.

Me sacude. Ya no recuerdo si lloro. Solo que su mano se me hunde por dentro, como si pudiese abrirse paso hasta agarrarme el pecho donde yo crío en jaulas mis vísceras blandas. Corro hacia el patio de atrás. Ahí está el cubo. Hope sucia. Esperanza sucia. Me meto entera. Agazaparme, mojarme y muy rápida levantarme abriendo los brazos. Con la cabeza hacia atrás. Simulando un salto de agua. Froto el vestido y meto el pelo dentro. Chorrea en un mar plano, en calma.

Mi abuela mastica hierba sentada en la puerta. Limpia semillas en la falda. Me siento con ella con un puñado en las manos. A mi abuela no le importa si mi vestido blanco se ensucia de barro. No me acaricia porque no sabe. Solo sabe peinarme como si quisiera arrancarme el nombre.

Solo tengo cinco años. Los zapatos de la escuela, los únicos que tengo, tienen la suela rajada. Si llueve mis pies hacen ruido de charcos.

Mi madre trabaja. Siempre está cansada. Es guapa pero parece más fea que otras madres.

Es primavera. Mi abuela llora lágrimas nacidas secas y mi madre sigue apretando los dientes. Me coge de la mano, el vestido blanco con flores de colores puesto. Los zapatos rotos. Tira de mi brazo negro con su mano negra.

Hasta ahora nunca había visto el mar. Este es el río, Hope sucia, Esperanza sucia. Cuando lleguemos al otro lado podré comprarte unos zapatos nuevos.

Hasta ahora nunca había visto la luz en los ojos de mi madre. Hope mía, Esperanza mía. También de sal. Con las olas en el pelo. Tu mano.



Hope Ibrahim falleció el 19 de abril de 2005 mientras su madre intentaba cruzar el Estrecho con ella en brazos. Ese mismo día mi hija, Hope mía, Esperanza mía, cumplía 5 años. Ese mismo día, Hope mía, Esperanza mía, mis zapatos de niña seguían teniendo las suelas rajadas.


Miro el Estrecho desde la atalaya del cementerio blanco de Tarifa. Siempre con tanta fuerza ‘pa’ dentro, que traga, en el agua. Me siento en un banco pegado a la pared. Cierro los ojos al sol y al viento echado hoy. Emocionada. La piel larga de la abuela. Las piernas flojas de la madre. De los ayes enterrados con los muertos sin nombre, han crecido tréboles. Hope mía, Esperanza mía, al menos tú tuviste tu nombre. Me trago el aire. A la ea, la ea, la niña, ea. A la ea, la ea, te doy la mano.